06 de desembre 2007

¡Adelante!

Rodrigo era un hombre anclado a su pasado. Andaba curvado, con ojeras que evidenciaban lo cansado que estaba por arrastrar siempre esa cuerda de la que no veía el final. Su vida transcurría lenta y monótona. Iba dejando un rastro de pies porque no podía ni levantarlos del suelo, por ahí donde pasaba.
Ya estaba harto de tantas contracturas y de llegar solo hasta donde la cuerda le permitía. Quería ir más lejos pero no sabía cómo. Hasta que una mañana de otoño vio como una hoja caía de un árbol del parque y supo la respuesta. Al igual que esa hoja cortó el fino limbo para separarse de la contundente rama de donde brotó, él soltaría la cuerda y se libraría de toda esa carga para ir, como su compañera, donde le llevara el viento.
No os podéis imaginar el tiempo que pasó antes de que pudiera hacerlo realidad. Pero en un ataque de valentía inconsciente abrió las manos y dejó que resbalara hasta el suelo. Empezó a correr y no paró, no fuera a ser que le entraran los remordimientos o que ella le persiguiera y no pudiera dejar de tomarla de nuevo entre sus manos.
Al fin se detuvo asfixiado, con el pulso a mil y con un gesto que no sabría definir como sonrisa o preocupación. Supongo que era un poco de todo: sonrisa por ser libre, por descubrir una nueva visión del mundo al poder tener la espalda recta y la mirada alta, y preocupación porque no sabía hacia donde le conducía esa sensación de levedad.
Se quedó plantado pensando en el siguiente paso ¿derecha, izquierda o adelante? Porque hacia atrás no era una posibilidad sino una prohibición. No sabía que hacer, así que simplemente se quedó allí plantado esperando. Esperando a que alguien o algo le encontrara, allí, en el presente, donde se supone que pasan las cosas y que hay ritmo y movimiento.
Las horas pasaron y él seguía allí plantado esperando que lo encontraran.
Los días pasaron y él seguía allí plantado esperando que lo encontraran.
El invierno llegó y él seguía allí plantado esperando que lo encontraran.
Pero nada.
Bueno, no. No es del todo verdad.
El viento gélido lo encontró, y se lo llevo.
Se lo llevo a la cama, que paradójicamente estaba detrás suyo, con una pulmonía de caballo. Achús! Jesús.